CUANDO EL PLANETA RECLAMA HUMANIDAD: EL FUTURO DEL MANATÍ EN PANAMÁ
Por: Einar Valdés López
Entre las aguas quietas, donde la luz apenas
atraviesa la superficie, surge una silueta robusta que avanza con delicadeza
inesperada. A primera vista parece un enorme bulto gris, pero cuando emerge
para respirar —dejando escapar un aliento profundo— revela su identidad: un
manatí.
Con su piel áspera marcada por cicatrices —muchas
de ellas provocadas por las hélices de embarcaciones que irrumpen en su
hábitat—, sus ojos pequeños y una mirada que parece pedir permiso para existir,
este gigante tímido se desplaza siguiendo un ritmo que solo él entiende.
Es uno de los últimos sirénidos del planeta, un
viajero silencioso cuya presencia en los ríos y costas de Panamá habla tanto de
la salud del ecosistema como de lo frágil que puede ser la vida que intenta
protegerse bajo el agua.
Un habitante invisible
Los manatíes, conocidos como vacas marinas, son
mamíferos acuáticos herbívoros que habitan en aguas cálidas y poco profundas.
De naturaleza pacífica y movimientos pausados, pertenecen al mismo linaje
evolutivo que los elefantes, una curiosa relación que explica parte de su
complexión robusta y su comportamiento tranquilo.
A pesar de que pueden alcanzar pesos que oscilan
entre los 500 y los 1 500 kilogramos, estos colosos acuáticos son maestros
del camuflaje. Su desplazamiento sigiloso y su preferencia por aguas turbias
hacen que pasen desapercibidos con facilidad. La especie se distribuye
exclusivamente en el océano Atlántico, y en las cuencas fluviales conectadas a
él, donde cumple una función ecológica clave.
El manatí actúa como regulador natural de la
vegetación acuática, evita su crecimiento excesivo y favorece el equilibrio del
ecosistema. Al hacerlo, contribuye a la circulación de nutrientes y a la
creación de condiciones que permiten la supervivencia de otros organismos, lo
que lo convierte en una especie sombrilla
para la conservación de su ecosistema.
“El manatí tiene un proceso de reproducción de
nueve meses; cuando son adultos viven solos, pero cuando están más pequeños sí
se agrupan”, explicó Lissette Trejos Lasso, médica veterinaria y directora de
la Clínica de Fauna Silvestre del Ministerio de Ambiente.
Cada gestación da lugar a una sola cría, que puede
permanecer junto a su madre entre uno y dos años durante la lactancia. La leche
materna, rica en grasa, le permite regular su temperatura corporal y adquirir
la fortaleza necesaria para resistir los cambios térmicos del agua. Aunque el
manatí es un animal de hábitos tropicales, demuestra una notable capacidad de
adaptación, desplazándose con naturalidad entre ambientes de agua dulce,
salobres y salinos.
Un gigante vulnerable
Existen tres especies de manatíes reconocidas en el
mundo. El manatí del Gran Caribe (Trichechus
manatus) es el más conocido y el de mayor distribución geográfica; el
manatí amazónico (Trichechus inunguis),
el más pequeño, es también la única especie que habita exclusivamente en agua
dulce; mientras que el manatí africano (Trichechus
senegalensis) es el menos estudiado, aunque guarda un gran parecido con su
par caribeño.
El manatí panameño (Gran Caribe) tiene dos núcleos
principales de población: Bocas del Toro y el lago Gatún. En este último, diez
ejemplares fueron introducidos en 1964 con el objetivo de controlar la
vegetación acuática del Canal de Panamá.
El primer manatí introducido en el lago Gatún fue
un macho amazónico proveniente de Perú. Posteriormente, otros nueve ejemplares
fueron transportados por vía aérea desde Bocas del Toro, entre los cuales se
encontraba una hembra preñada.
Según el doctor Héctor Guzmán, científico del
Smithsonian Tropical Research Institute (STRI), los estudios más recientes han
permitido identificar alrededor de 50 individuos en el lago Gatún, mientras que
en Bocas del Toro se estima una población de entre 100 y 120 manatíes, de
acuerdo con cifras de 2024.
A pesar de su cuerpo robusto y su tamaño imponente,
el manatí enfrenta múltiples amenazas. La principal proviene del comportamiento
humano: colisiones con embarcaciones que transitan a alta velocidad por su
hábitat y el uso de redes de pesca, que afectan sobre todo a los individuos más
jóvenes, quienes pueden quedar atrapados y morir por asfixia.
“Otra amenaza, aunque se ha reducido drásticamente
desde la década de 1970 —cuando los manatíes eran atrapados para la venta de su
carne—, es la caza. Actualmente no se trata de una práctica dirigida, sino de
un hecho fortuito que ocurre principalmente en algunas zonas de la comarca Ngäbe-Buglé”,
explicó el doctor Guzmán.
La pérdida de su ecosistema y la contaminación
representan amenazas silenciosas para la conservación del manatí. Son daños que
no se perciben de inmediato, pero que van minando lentamente la salud de la
especie, especialmente en el área de Bocas del Toro.
En Panamá, el manatí
está protegido desde 1967 mediante el Decreto No. 23 para la vida silvestre y
declarado en peligro de extinción por la resolución DIR-0002-80. Además, la Ley
del Corredor Marino prohíbe su captura letal, y marcos más amplios como la Ley
General de Ambiente y la Ley de Derechos de la Naturaleza obligan al Estado a
proteger sus hábitats y procesos ecológicos.
Su caza, captura y comercialización están
prohibidas desde la década de 1960 mediante disposiciones sobre vida silvestre;
sin embargo, no hay una ley específica dirigida a su protección.
Entre la ciencia y la esperanza
La conservación del manatí requiere,
inevitablemente, de una relación más respetuosa entre los seres humanos y el
entorno que compartimos con esta especie. Panamá, uno de los pocos países de la
región donde aún habita este símbolo viviente de los ecosistemas tropicales,
tiene el privilegio —y la responsabilidad— de garantizar su permanencia.
“Este es un animal carismático, con un rol
fundamental para el ecosistema. Su conservación depende estrechamente del
comportamiento que tengamos con ellos y sus hábitats”, recalcó la doctora
Trejos.
Los especialistas coinciden en la necesidad de
fortalecer el trabajo con las comunidades donde habita la especie, a través de
procesos de educación ambiental y campañas permanentes que refuerzan en la
conciencia colectiva su existencia, su valor ecológico y su vulnerabilidad.
“Más allá de la divulgación, hay que tratar de
dejar claro a las personas que deben comportarse mejor, en particular con la
velocidad de las embarcaciones en las áreas donde habitan los manatíes y evitar
el uso de redes de pesca en ríos y lagunas”, manifestó el doctor Guzmán.
A escala regional, se estima que entre 10 000 y 13 000 manatíes sobreviven en América, desde el sureste de Estados Unidos hasta el noreste de Brasil, incluyendo las poblaciones del T. manatus y del T. inunguis, de acuerdo con la consolidación de informes de organizaciones líderes en la conservación marina y biológica de sirénidos. Sin embargo, la población del Gran Caribe se estima en 2 500 animales, por lo cual es catalogada como especie amenazada.
En Panamá, los esfuerzos de protección también se
reflejan en el ámbito institucional. La Autoridad
Marítima de Panamá (AMP) ha firmado acuerdos con el Ministerio de Ambiente
para establecer marcos normativos que regulen la navegación en zonas sensibles
y protejan los ecosistemas marinos donde habita esta especie.
Como parte de estas acciones, en septiembre de 2025
personal de la AMP desarrolló jornadas de educación marítima y ambiental en la
provincia de Bocas del Toro. Las charlas, dirigidas a estudiantes de escuelas
en Almirante, Bastimentos e Isla Colón, incluyeron orientaciones sobre
seguridad en la navegación, el uso del chaleco salvavidas y la importancia de
proteger la fauna marina. Durante las actividades también se explicó el valor
ecológico del Parque Nacional San San Pond Sak, uno de los hábitats del manatí
en el país.
En total, 760 estudiantes participaron en estas
jornadas, donde se abordaron temas como la velocidad que deben mantener las
embarcaciones en zonas donde habita la especie y la necesidad de evitar la
contaminación marina. Los instructores también destacaron que la presencia del
manatí representa un potencial atractivo turístico para la región, siempre que
su observación se realice de manera responsable y respetuosa.
A ello se suma la supervisión de las normativas de
navegación para disminuir las colisiones con embarcaciones, así como proyectos
para la remoción de redes fantasma, que buscan evitar que muchas especies,
incluidos los manatíes, queden atrapadas o heridas por desechos de pesca. No
obstante, en ríos y humedales estas prácticas siguen siendo frecuentes.
Entre ríos, lagunas y costas, el manatí continúa su
recorrido silencioso, ajeno a muchas de las decisiones humanas que definen su
destino. Protegerlo es una apuesta por el equilibrio y la vida. Y mientras
existan personas dispuestas a escuchar el ritmo pausado de estas aguas, aún
será posible escribir una historia de esperanza.




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